Nuestra historia tiene, ya desde el inicio, visos de
convertirse en una de esas grandes novelas de aventuras y acción que inflaman
la imaginación de los jóvenes, y que llenan de desesperación a tantas madres
cuando ven a estos partir. No en vano, nuestros inicios ya vienen precedidos de
un halo de misterio y una espesa bruma matinal, lo justo, dirían algunos, para
que nadie viera quién coloco a dos pequeñas bebés, Helena y yo Izbrith, en una
cesta pobre a las puertas de la catedral.
La primera en encontrarnos fue la madre superiora, Sor
Alelaida, quien siempre recuerda cómo el rocío de la mañana estaba aún presente
en nuestros rostros descubiertos, y nuestro pelo rojo brillaba con un fulgor
casi divino con los primeros rayos de la mañana, que siempre van a dar a la
puerta de la catedral en estas fechas, pintando un cuadro digno de adornar el
rosetón de la mismísima catedral. Alelaida recita estas mismas palabras siempre
con la misma pasión, como si se las creyera, dotándolas de ese aire de misterio
y cuasidivino, que encandila a cualquiera que la escuche. Yo, por otro lado,
siempre me he preguntado cuán bueno puede ser abandonar a dos bebés a su suerte
en medio de la noche.
Huérfanas, y abandonadas en la catedral, parecía imposible
no ser criadas en el orfanato de la misma, con lo cual estaríamos a cargo de la
misma monja que nos encontró, Sor Alelaida, una mujer enjuta, destacada por su
pequeñez, aunque de nervio vivo, portadora de una energía que se diría sin fin
y que jamás, en casi 20 años conociéndola, perdería. No sé si es precisamente
por esa energía por lo que le cogí un poco de manía, pero la verdad es que
tenía muchos números para no llevarnos bien del todo. Su espíritu
excepcionalmente estricto, su terrible persistencia en hacer cumplir las normas
y su más que extraordinario don de la oportunidad la convertían en una
presencia, cuanto menos, insoportable. Al menos para mí, porque Helena parecía
estar encantada la mayor parte del tiempo con sus correcciones y severidad. Me recuerdo a mí misma mirando a
Helena con su cara candorosa de asentimiento mientras Alelaida me abroncaba.
Era como mirarse en un espejo y no reconocerse, y es que a pesar de ser gemelas
y ser capaces -casi- de sentir lo mismo
aun estando separadas, en esos momentos, parecíamos más primas que hermanas.
La vida en el orfanato era dura, pero tampoco mucho más
que la que veía que llevaban el resto de chicos de nuestra edad, por otro lado,
el extra de dureza que habíamos de soportar no era sino la voluntad de la madre
superiora, que vigilaba como un Halcón que se cumplieran con todos los
propósitos de la catedral. Tanto Tera como Vette, dos de las monjas a cargo de
Alelaida, tuvieron más de un rifirrafe, y en alguna ocasión, -hastiada del
excesivo empaque normativo- salí en su defensa, logrando nada más que una
regañina de vuelta hacia mí, así como tareas adicionales.
Hubiera sido todo más penoso si no fuera por los momentos
de ocio que compartíamos el resto de huérfanos, jugando al escondite, o a las
guerras, con espadas y caballitos de madera. Era muy satisfactorio cuando
ganábamos a los niños de otros barrios, aunque siempre nos quedará la espina de
no haber ganado al barrio de los leñadores, pero he de decir que la suerte no
estaba de nuestro favor, porque esos niños debían de comer algo que el resto no
comía, o por lo menos eran mayores de lo que declaraban, por lo que a mi
respecta, nunca engañaron a nadie, y es que un niño de nunca le va a sacar tres
o cuatro cabezas a otro de su edad, como pasaba con los brutos de los
leñadores. Siempre he tenido un espíritu un tanto competitivo, y aunque tampoco
me ha gustado estar la primera en cada batalla -eso se lo dejaba a Helena-, me
terminaba oponiendo a la idea de hacer una liga batallas en la ciudad, tan solo
porque no confiaba en poder ganar a los leñadores. De hecho, uno de los días
que nos enfrentamos a ellos, Johnny, y más bruto de ellos, le sacó un ojo a
Cato, uno de los nuestros y nuestro chico más ágil -un demonio para unos tipos
tan grandotes-. Johnny siempre dijo que fue sin querer, y quizás lo fue, no lo
sé, tan solo se que nunca me fie del todo de su palabra, seguramente porque
Cato era de los nuestros, y Johnny era muy bruto. Lo suficiente como
para ser tan torpe de sacarle un ojo a uno, pero también era un tanto pillo, lo
suficiente como para sacarle un ojo y pasar por un accidente. Quizás lo fue, no
lo sé, pero nunca me fie. A Cato lo trataron en el templo y le pusieron un ojo
de cristal que daba bien el pego. Además el espíritu de Cato, -de movimientos
ágiles y rápidos- nunca desfalleció, y estar tuerto no apagó ni un poco su
espíritu. Johnny, sin embargo, a pesar de recibir, en mi opinión, el muy leve
castigo de diez azotes y trabajos para pagar una pensión a Cato, comenzó a
enturbiar su espíritu con amargor. Empezó a volverse huraño y huidizo, además
de tratar al resto como a inferiores, sobre todo a los huérfanos. En su
adolescencia, decidió irse de aventuras, y yo lo celebré, no quería tenerlo
cerca.
Nuestra infancia, a pesar de haber crecido en el orfanato,
fue bastante buena, y siempre albergaré grandes y felices recuerdos de la
misma. Recuerdo una ocasión que estaba dándomelas de divina con unos chicos de
otro barrio, diciendo que Helena y yo éramos hijas del mismísimo Pernás, y por
eso teníamos el pelo como el fuego que sale de su aliento. Helena no tardó en
chivarse, preocupada por mis palabras, y un hombre delgado pero fuerte, con el
pelo bien entrado en canas, salió de la nada y me cogió por los hombros, con
una expresión de horror y preocupación en sus ojos.
“¡Qué dices niña! ¡No nombres lo sagrado en vano, estás
abriendo las puertas a lo inimaginable!”
Su voz, profunda y rasgada, retumbó en mis oídos como el
tambor de una orquesta, el olor ácido a alcohol de su aliento me hizo dudar de
él, pero toda la situación me llenó de un cierto pavor. Ese hombre, el padre
Farrash, decidió llevarme a la catedral y explicarme algunas cosas. Nunca fue
violento ni inquisitivo, pero, por alguna razón, había ciertos temas que le
hacían actuar con una seriedad que daba miedo. En mis charlas con él aprendí
mucho, y diría que él heredé una cierta curiosidad por saber más. Para él las
normas eran secundarias, lo importante era lograr el bien mayor. A menudo eso
requería sacrificios, y siempre -esto era inapelable para él- requiere la
participación sin demora ni pega de los que desean alcanzar el bien. Llegué a
apreciarle casi con devoción, y hubiera cambiado medio Farrash por un millón de
Alelaidas sin dudarlo.
El padre Farrash nos acompañaría luego durante todo el
colegio, y siempre fue partidario de enseñarnos a pensar por nosotros mismos,
pero también a dotarnos de valentía, a enseñarnos que el que algo quiere, algo
le cuesta, y que las mayores gestas requieren los mayores sacrificios. En un
mundo de paz sin fin, Farrash era ese faro de luz en medio de la oscuridad que
recuerda a todos que la oscuridad siempre está presente, y que ha de lucharse
contra ella sin descanso. Helena no siempre compartía sus ideales, pero yo no
paraba de impregnarme de su filosofía. Gracias a él conseguí leer unos cuantos
libros con los que fui aprendiendo idiomas e historias sobre lugares más allá
de la Comarca. Sabía de sobra que esos libros no debían estar en mis manos,
pero los leía con ansias, devorándolos, uno tras otro.
“Conócete a ti misma y conoce a tu enemigo, y saldrás
victoriosa de mil batallas”. No era raro que de vez en cuando me encontrase
escondida entras las estanterías de la biblioteca, o en su despacho, en un
armario, con una vela, y me soltase alguna frase similar, mientras recogía el
libro en mis manos con mi expresión patidifusa.
“Hoy ya has ganado una. Mañana tendrás más
oportunidades de batallar”. Acto seguido me ayudaba a levantarme y me daba
una afectuosa -a veces no tanto- colleja y me invitaba a ausentarme del lugar.
Nuestra vida en el colegio era de lo más normal. Nos
comportábamos diferente, no obstante. Para mí el colegio no era más que un
trámite para lograr un fin. No me interesaba esforzarme y no lo hacía, así que
pasaba cada curso justa y si obtenía buenos resultados era porque versaba sobre
algo que me apasionaba. Helena estudiaba por sistema. Eso me enfurecía un poco,
a menudo me metía con ella diciéndole que yo era la hermana mayor y que por
tanto sabía qué era lo mejor para nosotras, y lo mejor era pasear por ahí, leer
otras historias, o jugar con otros chicos y chicas. Helena simplemente no lo
podía remediar, si no estudiaba, se sentía mal. Yo por otro lado, prefería
dedicarme a lo que más me gustaba; escabullirme en las bibliotecas devorando
libros a cada cual más oscuro, ‘esparcir’ la palabra de los dioses que acaba de
leer en algún sitio – y dándomelas de sabelotodo-, u organizando a nuestros
amigos para acometer alguna tarea ‘épica’ de niños, como colarnos en las
barracas de los soldados y cogerle la chapa al sargento o algo así. Fechorías
infantiles que tarde o temprano nos llevarían a cumplir con algún castigo. En
alguna de esas recuerdo el espíritu recto de Helena interponiéndose en el
camino de la diversión. Una vez logramos el objetivo de quitarle el heraldo del
escudo a un teniente de la guarnición, y no tenían ni idea de quién había sido.
Era evidente que habíamos sido nosotros, pero lo habíamos planeado tan bien que
no habíamos dejado cabos sueltos. La verdad es que me sentía henchida de
gloria. Cuando compartí mis emociones con Helena, ella supo que algo había
tramado y estaba en el ajo, así que ella misma se entregó.
“Mira, sé que os habéis divertido, pero no es justo que
los soldados que nos protegen sientan que cualquiera puede chulearles, su
trabajo es muy duro. Ya tenéis lo que queríais así que deberíais entregaros y
cumplir con vuestro castigo.” Entonces se quedó pensativa, valorando mi
tozudez de no querer entregarme, y resolvió, con felicidad. “Si no os
entregáis, me entregaré yo, y cumpliré con el castigo que os corresponde”.
Eso me sacaba de quicio. No podía soportar ver a mi
hermana siendo castigada, pero mucho menos por algo que ni siquiera ella había
cometido. Me entregué con ella, pero traté de salirme con la mía a mi manera.
En el robo habíamos estado implicados varios chicos del orfanato. Llevábamos
tiempo pensándolo y fue una verdadera obra de arte, colarnos, extraer el
heraldo y salir sin ser vistos. Cuando nos presentaron frente a los soldados,
‘confesé’ nuestra fechoría, pero reimaginé la situación para que los únicos
culpables fuésemos ella y yo. Helena se mordió la lengua, porque ella no sabía
exactamente cómo había sido, pero ella ya se había implicado, y por mucho que
sospechase que había más culpables, no tenía pruebas. Traté de disfrutar de
darles en los morros a los soldados con nuestro magnífico plan, digno de los
robos más espectaculares, como algunos de las novelas que más me gustaban. Los
mandos de los soldados nos miraban decepcionados, pero yo estaba henchida de
gloria. Finalmente, decidieron que el castigo justo -además de devolver el
heraldo- era de dos latigazos a cada una. Ahí se nos hizo un nudo el estómago y
ambas sentimos un escalofrío recorrer nuestra piel, erizando cada pelo de
nuestros cuerpos. Cada latigazo lo sentimos como dos, y no sentimos más porque
al segundo todo se hizo oscuridad.
Los soldados hicieron cambios en la estructura de su
guardia y los barracones y con eso hicieron que su seguridad fuera mucho más eficiente.
Yo pensaba que en lugar de dos latigazos debieran haberme dado dos monedas de
platino. Al final me salí con la mía, los tarugos de los soldados mejoraron su
organización y nadie de mis amigos salió dañado. Salvo mi hermana, por mártir.
Un tiempo más tarde -después de que se organizase un cierto revuelo y los
rumores circulasen- aparecí de nuevo en los barracones para hablar con el
teniente. En mis manos se encontraba un libro de tácticas, en el que había
introducido cuidadosamente hojas con correcciones y apuntes de otros libros de
táctica que -en mi humilde, aunque estudiada, opinión- venían a mejorar las suyas propias. El
teniente me dio las gracias a regañadientes, además de una recompensa de unas
monedas de oro, que reinvertí en comprar ropas nuevas y juguetes nuevos para el
orfanato. Con el tiempo, pude observar como algunos de los cambios que había
tratado de introducir, estaban comenzando a ser practicados por los nuevos
reclutas. Me alegraba de ver que era capaz de ayudar de alguna manera, y
contemplando sus ejercicios desde el tejado de una casa, podía esperar
sonriendo al atardecer, y sentía como los latigazos cada vez dolían menos.
Desde entonces y a medida que he ido creciendo, Garrus, el
Teniente, un hombre entonces joven, fuerte, de rostro cuadrado y mirada
penetrante, pelo oscuro y voz ronca, nos ha ido mirando con otros ojos. Una
combinación de respeto y precaución. Yo nunca he dejado de sentir orgullo por
aquello.
A medida que íbamos creciendo, nuestros intereses se iban
ampliando, y aunque ambas siempre compartimos la ambición de ordenarnos
sacerdotisas y esparcir la palabra de los dioses más allá de la comarca
-compartíamos una gran sed de aventuras-, nuestros espíritus se iban
diferenciando también con el tiempo. Digamos que yo me sentía más osada y a mí
las normas siempre me importaron menos, aunque nunca tuve una malicia real. Sin
embargo Helena se convencía cada vez más de que era necesario cumplir con las
normas para evitar caer en el camino del caos o la oscuridad. Me gustaba jugar
con esto entre nosotras. Cuando empezamos a salir con chicos, quedaba con ellos
a escondidas de Helena, haciéndome pasar con ella, con el único fin de provocar
alguna situación que deviniese en discusión posterior entre ellos. La confusión
en el rostro de Helena después de cada bronca era indescriptible, pero entonces
era cuando mi risa histérica me delataba y ella revelaba el percal. Eso desde
luego me granjeaba otra discusión con ella -quien me obligaría a pedir perdón-,
pero terminaba arreglándolo luego entre ellos. Eso sí, alguna vez hice esta
misma artimaña a propósito para lograr una separación si el chico no me
gustaba, solo que entonces mantenía el engaño hasta el final. Después de todo,
la gente por nuestra ciudad es de buen corazón, pero no todos son de buen
corazón. No en vano, a Helena, que siempre le ha dado más por el atletismo, le
han gustado también algunos chicos que lo único que tenían era fuerza y nada de
seso ni de corazón. No me perdonaría ver a Helena caer en los brazos de la persona
equivocada y no hacer nada por remediarlo.
Esto del atletismo era algo de que yo traté de
beneficiarme en alguna ocasión. A mí me encantaba todo lo relacionado con la
biología, a Helena, el ejercicio físico. Puesto que muchas pruebas en el
colegio eran individuales, traté de tramar un plan mediante el cual cada una
sustituiríamos a la otra en cada prueba, pero Helena terminaba echándose para
atrás en el último momento.
“No eres más boba porque solo entrenas 24 horas al día.”
Y le daba una colleja al más puro estilo Farrash, para luego ir y arrastrarme
en las pruebas físicas como buenamente podía.
En una ocasión, gracias a la ayuda de Cato, ágil como un
gato, capaz de colarse donde fuera, conseguí cambiar los horarios para engañar
también a Helena y -de forma efectiva- convencer a todo el mundo del cambiazo.
A todo el mundo, menos a Sor Alelaida, quien llegado el momento, descubrió el
pastel sin dudarlo. Condenada mujer, era capaz de diferenciarnos detrás de un
muro, lo suyo era, por lo menos, mágico. Nadie, -y esto es literal- era capaz
de diferenciarnos, incluso vistiendo diferente, nuestro pelo voces estatura y
complexión eran iguales, y aun así Alelaida nunca tuvo una sola duda. Eso sí
que era digno de estudio o de novelar al respecto.
En cuanto a mis novietes, tampoco han sido relaciones que
hayan durado demasiado. Pequeños amores de primavera-verano, supongo. Tan solo
sé que creo que todos los chicos con los que he salido han tenido algo especial
y que los he querido de verdad, aunque solo fuera un tiempo. De algún modo
siempre he sentido que mi lugar no está en la Comarca y tampoco quise iniciar
nunca algo duradero como hacían otras parejas en Ciudad de Luna. Siempre me
sentí un poco cruel por actuar así, pero nunca pude evitar ser como soy.
Recuerdo con especial cariño algunos momentos con Cato.
Siempre estuvimos juntos en el orfanato, y de alguna manera, todos allí nos
considerábamos hermanos, -aunque solo Helena y yo lo éramos-. Ese sentimiento
de hermandad hizo que la amistad entre nosotros siempre fuese a más. Si no
fuera por eso, hubiéramos sido todos muy diferentes. Cato me enseño a trepar
por las paredes y subirnos a los tejados de las casas. Yo le enseñé algunos
huecos de excepción, desde los que contemplar unas vistas privilegiadas. Y
pasamos unas cuantas tardes viendo a Agma desvanecerse en el horizonte.
“Me gusta tu ojo” Le decía con sorna y algo de candor.
“¿El derecho o el izquierdo?”
replicó él, divertido “Porque si es el izquierdo, siempre puedo hablar con
Johnny y que me los ponga a juego” dijo con total convicción y una pícara
sonrisa.
Yo me reí, divertida con semejante ocurrencia.
“¡Qué tonto eres!” sollocé con lagrimillas de
diversión.
“Hey, haría lo que fuera por robarte otra sonrisa.”
Entonces me miraba a los ojos, con media sonrisa, convencido y su ojo de verdad
muy brillante. Nos besamos mientras Agma se despedía de nosotros en silencio, y
tan solo nos hacíamos conscientes de su despedida a medida que sus últimos
rayos dejaban de calentar nuestros rostros entrelazados en un beso apasionado.
Estuvimos juntos -como novios- todo ese verano. Fue un
gran verano. Pero comenzó el nuevo curso y supongo que fue entonces cuando mi
arrebato de seriedad para preparar mi camino hacia el sacerdocio y las
aventuras lo que precipitó nuestra separación. Nunca dejamos de ser amigos. No
creo que podamos dejar de serlo. Quizás un día nos encontremos de aventuras y
todo sea diferente.
Cuando terminó el colegio, comenzó el momento de
ordenarnos sacerdotisas. Era muy emocionante, y hasta Alelaida preparó algo
para despedirnos, puesto que ahora nos alojaríamos en el propio templo. Diría
que me sentí sorprendida por ello. Bueno, en realidad, me sentí sorprendida por
ello, pero luego me di cuenta de que era casi mandatorio. Una norma más
-suspiraba para mis adentros- Esta mujer, es incorregible, un libro de normas y
leyes sin fin. La sorpresa aquí llegó cuando Helena determinó haber tenido la
visión divina que le obligaba a seguir el camino de los Paladines. Eso me
mosqueó un tanto. No quería separarme de mi hermana, pero por otro lado, tantas
veces había bromeado con ella sobre que yo era la hermana mayor y que me lo
habían dicho los dioses, que no pude si no bromear de nuevo con ello.
“eh.. ¿Te recordaron los dioses que soy tu hermana
mayor y has de comportarte con respeto y educación ante mi por ser la pequeña?”
Le pregunte, divertida. Helena se quedó un poco sorprendida y en seguida trató
de responderme, aunque la corté “No, no creo, algo tan trivial, lo darían
por supuesto. Después de todo ahora serás su paladina. Enhorabuena, hermanita”.
Su confusión siguió en aumento, pero en seguida se sintió
algo reconfortada y nos fundimos en un abrazo. Era en estos abrazos cuando
sentía algo de eso que dicen de los gemelos. Era como abrazarse a una misma.
Sentía que vendrían grandes cambios, pero que estuviéramos donde estuviéramos,
estaríamos juntas.
Durante el periodo para ordenarme Sacerdotisa, mi aptitud
era bien diferente. Aquí el padre Farrash tenía mucha más mano y seguía de
cerca mi evolución. Me habló de los Esfixies, de demonios, sombras, oscuridad.
De la luz, ángeles y dragones. Aprendí oraciones, idiomas, historias
consideradas ficción, historias ocultas e historias reales. Una oración la
recitábamos a diario en el orfanato de la catedral, pero ahora que mi
entrenamiento como sacerdotisa cobraba mayor sentido y seriedad, parecía
encerrar un sentido diferente.
La mirada de
Aedith es justa y honrada,
su luz me
guía hacia la larga noche.
El canto de
Eminta es sereno e imperturbable,
su sonido
apacigua mi sed.
La mano de
Murnos es áspera y recia,
su toque
calma mi estómago.
El corazón de
Pernás es refulgente y amable,
su latido me
calienta el alma.
La sonrisa de
Nucro es veraz e inocente,
su belleza da
forma a mis sueños.
El gesto de
Zehena es grácil y desinteresado,
su gracia me
trae sustento.
La pisada de
Arcazet es firme e infinita,
su huella me ampara en el tiempo.
Como un mantra, todos los feligreses la recitaban con
devoción. Contemplaba sus manos entrelazadas, sus labios musitar cada palabra,
sentía sus rostros y podía verles sentir la verdad de cada oración. Desde ese
momento comencé a sentir como las oraciones encerraban una verdad que
antes no había conocido. Podía sentir el toque de los dioses a través de mí.
Sentí una gran responsabilidad. Pero sabía que esto era lo mío. A fin de
cuentas, estudiar por estudiar no me iba, pero aprender, podía aprender lo que
fuera. Farrash no hizo sino motivarme de forma sutil en mis propias pasiones.
Me encantaba investigar por mi cuenta, zambullirme en cualquier forma de
averiguar información y revelar secretos ocultos. Esto es algo que consiguió
traspasar las barreras de lo puramente académico e instalarse en mi
personalidad.
Cuando paseaba por las calles de Ciudad Luna Llena, no
podía evitar acercar el oído a las conversaciones de la gente. Eso fue tan
instructivo para mi desarrollo como penoso por otra parte. Terminé metida en
mil líos -algunos seguramente inventados-, con tal de desentramar entuertos y
arreglar los problemas de la gente. Como si pretendiera ser una investigadora
sagaz de agudo intelecto, buscaba pistas y daba vueltas a los discursos de los
implicados, tratando de encontrar la verdad que llevase a la solución de cada
problema. Resultó que era bastante más complicado de lo que leía en los libros.
No en vano, creo que más de uno y más de dos han resultado decepcionados con
mis averiguaciones, aunque, todo sea dicho, es posible que sobreestimase mi
capacidad y me vendiese mejor de lo que resultaba ser, incluso cuando mis
pesquisas hayan logrado avanzar o desentrañar varios misterios de Ciudad Luna
Llena, como aquel caso de las patatas desaparecidas o la ‘plaga de ratas
invisibles’. A fin de cuentas, siempre hay algún truhan o canalla
aprovechándose de la inocencia o la bondad de los demás, y es que los problemas
que no se puedan explicar por la maldad, bien pueden explicarse por la
estupidez de los implicados, que no pocos han sido los casos que me han llevado
a tales conclusiones.
Es quizás por esta faceta mía, mientras compaginaba mis
labores y estudios sacerdotales, la que hizo que el señor Pisea se fijase en
mí. Recuerdo haberle visto observándome con demasiada frecuencia. Tanto es así
que llegué a pensar que se trataba de alguna especie de violador o algo así.
Así que durante un tiempo estábamos siguiéndonos el uno al otro, me temo. Con
mucho disimulo, pero merodeando de aquí a allá, sin más que hacer que tomar
notas descuidadamente en un pergamino, charlar casualmente con otros
transeúntes, sin despegar el rabillo del ojo el uno del otro. Finalmente, con
total decisión, no sin antes haber advertido a Helena, decidí enfrentarme a
este potencial acosador. Resulta que el señor Pisea estaba gratamente
sorprendido de tal encuentro. Hablamos largo y tendido sobre nuestras pequeñas
persecuciones, pero, sobre todo, sobre mis investigaciones a nivel local.
Pisea era un hombre más bien alto, aunque no tanto como
para destacar, de pelo oscuro y barba de unos días, sin cuidar. Tenía la piel
un poco arrugada, pero más por la mala vida y el exceso de sol que por la edad,
además de unas ojeras prominentes que le hacían parecer casi un mapache, un
tanto cómicas. Dijo trabajar para el propio gobierno, y, siendo gran amigo del
Padre Farrash, reconoció que han estado observando ‘mi progreso’ con atención
durante mucho tiempo. Yo no entendía demasiado, y la verdad que estaba
empezando a parecerme una excusa de pendenciero más que una explicación
plausible, no obstante le dejé continuar. Por lo visto, el bienestar de la
Comarca pende continuamente de un hilo y se enfrenta sin descanso a la amenaza
de la oscuridad.
“Los mortales somos débiles, Izbrith. Y la tentación no
descansa. Si levantamos la mano un poco más de la cuenta, quizás eso sea más
que suficiente para que la luz que brilla hoy día se apague para siempre.
Necesitamos gente dispuesta a luchar por mantener lo que tenemos. Te
necesitamos a ti.” Dijo Pisea, con una voz encendida y una mirada
persuasiva. Era evidente que creía en lo que decía. Eso me impactó.
Decidí escucharle, y le propuse venir conmigo al templo y
presentarse ante Farrash para corroborar su historia. Pisea sonrió con
picardía, pero se negó.
“Creo que he acertado contigo, pero ya lo averiguaremos.”
Susurró mientras miraba con atención algo a mis espaldas. Por un momento me
giré, anticipando a un compañero suyo de tramas, mientras desenfundaba mi maza,
pero no había nadie detrás. A toda velocidad me giré de nuevo-un tanto furiosa- para
mirar a Pisea, pero ya no estaba. Guardé mi maza y me reuní con mi hermana, de
vuelta hacia el templo. Tan solo le dije que quizás volviese a necesitar su
ayuda, pero que de momento este tipo no me daría problemas. Helena afirmó y
creo que sospechó que me guardaba algo para mi misma, aunque no le dio más
importancia.
Una vez en el templo, Farrash reaccionó con cierta
preocupación cuando le comenté la situación. Me llevó a su despacho y rebuscó
entre unos libros perdidos en un cajón, para sacar una pequeña petaca, la abrió
y le dio un gran trago. No sé que clase de alcohol era, pero era fuerte. Me
senté en la silla que tenía más a mano y me puse todo lo seria que pude. Muchos
malhablados decían que Farrash era un borracho, aunque lo decían muy a
escondidas -a más de uno le he terminado dando más de una colleja-. Es verdad
que el alcohol es la debilidad de Farrash, pero nunca le he visto ejercer
borracho, nunca. Hoy sería la única excepción.
“El mayor error que puede cometer uno es no hacer nada
por pensar que tan solo podría hacer un poco.” Dijo casi susurrando, y dio
otro trago a la petaca.
“Cuántas veces hemos hablado, Izbrith, de la oscuridad que
nos rodea. Que el mal tan solo triunfa cuando los hombres buenos no hacen nada
por evitarlo. ¿Cuántas?” soltó lánguidamente mientras cerraba la petaca,
con su mirada perdida en un horizonte lejano encerrado en la pulcra superficie
de roble pulido de su escritorio. Yo me limité a quedarme observándole, un
tanto atónita.
“Creo que lo que he sido un tanto injusto contigo. He
tratado de satisfacer tu curiosidad, de enseñarte todo lo que puedo enseñar,
pero hay algo que nunca te había contado, pero que ya no puedo retrasar más. No
quiero que pienses que he sido injusto. Tan solo quiero que pienses que siempre
he tenido fe en ti.” Farrash me miró a los ojos con cierta severidad y casi
algo de tristeza.
Entonces me relató una concienzuda historia sobre una
organización paralela al gobierno, el S.I., que se afanaba por reclutar agentes
capaces que mantener el orden y el bienestar, pero que también debían luchar
por él. A menudo, encontrando traidores o tipos sucios en medio de todo.
Descubrí que había estado escarbando por mi cuenta en algunos asuntos que
llegaban más lejos de lo que había descubierto, pero sobre todo descubrí que
iba a estar a prueba, para formar parte de algo para lo que, quizás, estaba
destinada a cumplir. Sentía una gran responsabilidad, pero también sentía que
esto era algo que debía hacer y que estaba preparada. Farrash confiaba en mí, y
yo confiaba en él. No iba a decepcionarle. No iba a decepcionar a mi pueblo.
Tengo que controlar a un grupo de posibles candidatos,
asegurarme de que son de fiar, de que son capaces. He de aprender a colaborar
con ellos y conseguir que ellos cooperen. Pero lo más difícil, he de hacerlo
sola. Creo que mantener este secreto alejado de mi hermana va a ser extenuante,
y ojalá llegue un momento en que pueda liberarme sin falta.
Sin duda, este es el momento por el que tanto tiempo he
esperado. Hoy comienzan mis aventuras.
Izbrith
Lagoluna.